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Madrid, 2 de junio de 2002 Reverendo H. Bernard Couvillion, Superior General Estimados Hermanos del Sagrado Corazón Queridos profesores, alumnos, antiguos alumnos, padres de familia, colaboradores y amigos de la Obra Corazonista. He aceptado con mucho gusto la invitación del Hermano Superior Provincial para presidir la Santa Misa, con la que se inician los actos conmemorativos del Centenario de la Llegada a España de los Hermanos del Sagrado Corazón y de la fundación de la Provincia Corazonista de España. |
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La celebración eucarística me permite transmitiros, de manera particular, el saludo cariñoso dl Santo Padre, a quien tengo el honor de representar en España. Conocéis bien la solicitud de Juan Pablo II para con todos, especialmente para los que mediante votos practican los consejos evangélicos y hacen una total consagración de sí mismos a Dios. En su nombre os agradezco la importante labor apostólica que los miembros de vuestro Instituto han hecho durante estos cien años, especialmente en el campo de la educación cristiana de la juventud y en el servicio desinteresado a los más pobres y necesitados, mientras formulo los mejores votos para que podáis continuar desarrollando con renovado entusiasmo vuestra vocación y carisma para la gloria de Dios y en beneficio de la Iglesia. Con amor y decidido entusiasmo dais inicio, con los actos inaugurales del día de hoy, a las celebraciones del Centenario con una muy cuidada programación de actividades diversas: encuentros culturales, deportivos y religiosos; concursos literarios y artísticos; peregrinación a los orígenes del Instituto; congresos de padres, profesores, alumnos, antiguos alumnos, y celebraciones de toda índole que se multiplicarán a lo largo del año por toda la geografía de España, sembrada de la semilla corazonista en vuestra Provincia hispano-americana, tan rica y fecunda en obras apostólicas al servicio de todos, pero especialmente de la juventud. Las lecturas que acabamos de escuchar en esta solemne liturgia del Corpus Christi nos permiten hacer una breve reflexión que nos ayude a descubrir la voluntad de Dios, manifestada no solo directamente en la historia de la salvación, sino también en los acontecimientos de la historia corazonista enraizada en las personas y mensaje de su fundador, el Padre André Coindre, y de su primer sucesor y Superior General, el Venerable Hermano Policarpo, impulsador y consolidador del Instituto. André Coindre, nacido en Lyon el 26 de febrero de 1787, vivió desde su más tierna infancia las tristes consecuencias religiosas de la revolución francesa. En 1790 se suspenden las órdenes religiosas y se vota la constitución civil del clero. Cuanto más crédito perdía la Iglesia ante la opinión pública, mayor era el ensañamiento contra los católicos, que se veían obligados a esconderse para practicar sus cultos, y la educación cristiana de los niños y de los jóvenes, así como las catequesis parroquiales que tenían que llevarse a cabo, peligrosamente en la clandestinidad. Éste es el ambiente en el que André Coindre inicia sus estudios, primeramente en la escuela, después en el seminario menor de Nuestra Señora de la Argentière, y, finalmente, en el Seminario de San Irineo, en Lyon. Pero la visión trágica de la sociedad que le tocó vivir, donde los sacerdotes eran martirizados y perseguidos, lejos de hacerle vacilar o sentir miedo, hizo más fuerte la voluntad de su vocación sacerdotal e incrementó, si cabe, su amor a Dios y al Sagrado Corazón de Jesús. Durante los años de su preparación al sacerdocio, el ideal de André Coindre se compendiará en esta divisa: "No escatimes ningún esfuerzo para llegar a ser sal de la tierra y luz del mundo". Ordenado sacerdote en junio de 1812, y después de diversas actividades y trabajos apostólicos en su diócesis de Lyon, funda en 1818 con Claudine Thèvenet la Congregación de Damas de los Santos Corazones de Jesús y de María, que posteriormente tomaría el nombre de Religiosas de Jesús María. ¿No os parece que la historia del Padre Coindre, el camino recorrido por el Instituto de los Hermanos del Sagrado Corazón, la llegada a España de los primeros Hermanos perseguidos por sus gobernantes en Francia... nos hace recordar el texto que hemos escuchado en la lectura del libro del Deuteronimio?. Moisés se dirige al pueblo y le recuerda el camino que el Señor le ha hecho recorrer en los cuarente años por el desierto: aflicción, pruebas diversas, hambre, sed... y todo ello para recordar a su pueblo que el Señor Dios le sacó de Egipto, de la esclavitud; que le alimentó con el maná, el pan que no conocían sus padres. Las breves sugerencias del Apóstol Pablo en su carta a los Corintios, y el precioso texto evangélico de San Juan en esta hermosa solemnidad del Corpus Christi, nos suscitan un amplio horizonte de respuestas y actitudes que garanticen nuestra fidelidad en el seguimiento de Jesús y en la edificación del Reino de Dios, tanto en los momentos de aflicción y abatimiento, como en los de alegría y consuelo; tanto en la dificultad, como cuando las cosas no van bien. Y siempre nuestra acción de gracias al Señor. "Os aseguro que, si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en nosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día.... El que come de este pan, vivirá para siempre". Como nos dice San Pablo, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo Pan. El cáliz de nuestra acción de gracias, ¿no nos une a todos en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo? Necesitamos en nuestro caminar el pan que ha bajado del cielo. El pan de la Eucaristía, misterio de nuestra fe. Su celebración sigue contradiciendo convicciones y vivencias nuestras, como contradijo las de los oyentes de las palabras de Jesús en Cafarnaum. La Eucaristía, que alimentó el celo apostólico del Padre Coindre, es el signo del amor a Jesucristo. El sacramento de la Eucaristía fue el origen de su caridad pastoral, y tiene que ser la causa y motor de nuestra caridad hacia el prójimo. Hermanos del Sagrado Corazón: dad gracias a Dios por estos cien años de presencia en España. Vuestro trabajo ha sido positivo y fecundo. Acción de gracias a Dios por su presencia constante en vuestro camino y por el bien realizado en tantos jóvenes que han frecuentado vuestros ambientes. Gracias a Dios por la vida y santidad de los Hermanos del Instituto que han ido construyendo esta hermosa realidad que ahora contemplamos. Y gracias también a Dios por tantos bienhechores y personas que os han querido bien, que con su colaboración personal y con sus aportaciones han hecho posible el nacimiento y desarrollo de vuestras obras. Que el Señor bendiga vuestros trabajos e inquietudes. Que en este Año Centenario os esforcéis en ahondar y profundizar en el estudio y conocimiento de vuestro propio carisma, según la vida y el espíritu del Fundador, Padre Coindre. Que os enamoréis apasionadamente de Jesucristo y os empeñéis, con ánimo generoso y decidido, en la siempre maravillosa aventura de anunciar y construir el Reino de la paz, de la justicia, de la verdad y del amor. No os faltarán pruebas y momentos difíciles. Sed constantes y fieles en el seguimiento de Jesucristo. Difundid con valor la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, y que la Virgen María, siempre fiel, sea para vosotros Madre e intercesora, a la vez que guía y modelo de vuestra vocación de educadores y de vuestra misión evangelizadora. Contad con todo mi afecto y simpatía en un interesado seguimiento de vuestro gozoso caminar a lo largo de este año centenario, y sobre todo, contad con mis humildes plegarias, implorando la protección maternal de la Virgen Bienaventurada, para que el Señor os conceda escogidas gracias de santidad, fecundidad vocacional y abundancia de frutos y logros educativos en vuestra generosa dedicación a la pastoral evangelizadora de jóvenes y adolescentes. |
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Monseñor Manuel Monteiro
Nuncio Apostólico |
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